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Megaciudades en Asia (Publicado en VOCENTO el 03-11-2008)

Infiernos de asfalto

China prepara una nueva reforma agraria que puede provocar un éxodo rural que nutra aún más las megaciudades del país, un fenómeno que se reproduce de Tokio a Nueva Delhi.

 

Zigor Aldama

 

Tienen más de seis millones de habitantes. Son bombas de relojería detonadas por complejos mecanismos sociales y económicos. Verdaderas junglas de asfalto en las que gentes de toda condición luchan por su espacio y su supervivencia. Lugares en los que reina el anacronismo. Hogar de los rascacielos más modernos del mundo, y de las chabolas más rudimentarias. Exponente del más preciado legado cultural, y del neoliberalismo más feroz. Terreno para gigantescos complejos residenciales de lujo, y para la actividad de todo tipo de mafias. Tráfico de personas, estupefacientes y armas frente a pujantes centros comerciales. Burdeles de mala muerte junto a magníficos centros de belleza. El lugar en el que los extremos se dan la mano. Seis de las diez ciudades más pobladas del mundo se encuentran en Asia, y la proporción va en aumento. La reforma agraria propuesta por la Asamblea Popular China no hará sino alentar la emigración rural que nutre las gigantescas urbes del siglo XXI. El país de Mao y el de Gandhi serán los que acojan las mayores aglomeraciones urbanas en 2015. El mito de México D.F. tiene los días contados.

 

Hong Kong, siete millones de habitantes, ocho de la tarde. El neón toma el relevo al sol. Las calles, hasta entonces casi despobladas, se llenan de vida. Los monótonos pitidos de los semáforos marcan el ritmo de una población ávida de gastar el dinero. Se llenan los centros comerciales y los grandes restaurantes. Abren sus puertas los clubes de lujo. En esta ex colonia británica habitan tres de los veinte hombres más ricos del planeta. Y se estima que un 15% de la población es millonaria. En euros.

 

En la otra cara de la realidad, el mendigo que rebusca entre los contenedores de basura situados en el exterior de un imponente edificio de 50 plantas. Está vestido, literalmente, con bolsas de basura que dejan ver más de lo que tapan. Encuentra una lata de atún. Rebaña su contenido y la introduce después en una de las cajas de cartón que empuja con un rudimentario carrito. Se trata de uno de los muchos ‘recicladores’ extraoficiales de la ciudad. Chatarreros y recogedores de cartones que hacen de las sobras de la riqueza su modo de vida. A su lado, no dejan de pasar vehículos de lujo y ejecutivos de Armani.

 

Zhou Shizhen tiene un buen trabajo. Su renta anual es de 32.000 euros, un 30% más que la media de España. Sin embargo, con ese poder adquisitivo sólo le alcanza para pagar el alquiler de un diminuto y destartalado apartamento de Kowloon, la parte continental de Hong Kong. Se trata de un piso de 43 metros cuadrados en un gigantesco bloque de viviendas de 47 plantas, algo habitual en la ex colonia. “Aquí son habituales los complejos residenciales de 500 familias. Vivimos hacinados pero, eso sí, con los últimos avances en tecnología”, comenta con ironía. Su iPhone 3G contrasta con un frigorífico anticuado, un cuarto de baño más propio del tercer mundo, y un sofá lleno de parches. Ahora, poco a poco, se va viendo relegado por inmigrantes chinos, que van traspasando en silencio la frontera que separa la ex colonia británica y el continente, teóricamente un mismo país. La reforma agraria, dice, “sólo empeorará las cosas”. Ciudades de más de diez millones, como Chongqing, Tianjin, Guangzhou y Shenyang están ya a punto de explotar.

 

El límite del extremo

 

Dos mil kilómetros separan Hong Kong de Calcuta, explosivo cóctel de 15 millones de almas. La escenificación del infierno sobre la tierra. Un lugar más allá del extremo. Calles cubiertas de cuerpos ennegrecidos por el sol, pieles curtidas y ojos sin brillo. A las cinco de la madrugada, el asfalto de la capital del estado de Bengala se asemeja a una fosa común. Miles de personas descansan sobre él enrollados en mantas y sábanas. Algunos perecen durante la noche y son recogidos por los servicios municipales dedicados a ello. Apenas amanece, la segunda ciudad más importante de India es un cementerio viviente.

 

Pero sólo para algunos. Hay quienes pueden permitirse disfrutar de los últimos modelos de Mercedes, o vestir saris bordados en oro y adornados con piedras preciosas. Ha nacido, también, una pujante clase media de jóvenes informáticos y empresarios que han encontrado su lugar en el mundo globalizado. Hombres y mujeres que disfrutan de los cada vez más numerosos establecimientos de ocio para la elite india, en un país que, según Naciones Unidas, tiene una de las mayores bolsa de pobreza del mundo. En ciudades como Calcuta, Nueva Delhi o Mumbai, esa bolsa se desborda. Las tres dan cobijo a más de diez millones de personas, de las cuales alrededor de un tercio vive en la pobreza más extrema.

 

Es el caso de la familia de Kumar, un hombre de 32 años que vive en la calle con toda su familia. Una acera es su hogar. Tiene tres hijos, el más joven de pocos meses. Vive con su mujer y con los padres de ambos, y hurgan en la basura de uno de los vertederos de la ciudad. El sucesor de mayor edad, de siete años, lo acompaña en su tarea mientras la madre y los ancianos mendigan en las congestionadas avenidas de Calcuta. Cocinan y comen en su trozo de asfalto, y sobreviven a duras penas. Son un ejemplo de las miles de familias que han abandonado el campo para buscar un futuro más halagüeño en la gran ciudad. “Ya no podemos volver”, se lamenta Kumar. “No hay trabajo, no hay esperanza. Sólo espero que mis hijos puedan vivir en mejores condiciones”. Ninguno de ellos está escolarizado. “Si fueran al colegio, ¿quién nos ayudaría a conseguir dinero?”, pregunta la madre que, llevada por la desesperación, aprovecha su aún atractivo físico para ejercer la prostitución cuando se le presenta la oportunidad. Cobra alrededor de 50 rupias por servicio (1 euro). Su caso se repite en otros gigantescos núcleos urbanos de la región, como Dacca, la capital de Bangladesh, o Karachi, la capital económica de Pakistán.

 

En todas ellas, las nuevas zonas residenciales, protegidas por seguridad privada y equipadas con todo tipo de amenidades, no tienen nada que ver con las escenas de los depauperados suburbios. Se trata de un mundo paralelo, aislado de la dura realidad de la mayoría de la población. Oasis de paz en un desierto tumultuoso. Impecables piscinas, pequeños parques, modernos gimnasios y selectos clubes son habituales dentro de sus fronteras electrificadas. Incluso, parece como si la polución atmosférica no se atreviera a penetrar en ellas.

 

El lado oscuro

 

Manila, doce millones de habitantes. Bangkok, nueve millones. Miles de calles por las que fluye la vida. Mareas de vehículos que confluyen y divergen. Un caos tan atractivo para unos como repulsivo para otros. Un impecable hombre de negocios conversa por su móvil a la vez que trata de espantar a un mendigo que busca algo de su dinero. Un puntapié. Turistas de decenas de nacionalidades se fotografían frente al Intramuros de la ex colonia española o frente al exuberante Palacio Real de la capital tailandesa. Una hora para medianoche. El neón ya parpadea entre las sombras y los taxistas se afanan en conseguir que sus clientes se dirijan hacia Patpong, uno de los centros de la piratería y de la prostitución de Bangkok, o hacia alguna ‘casa’ de jóvenes prostitutas de Manila. Exiguas minifaldas, ceñidos pantalones, miradas lascivas y besos que flotan en el aire.

 

“No hay nada que no se pueda comprar en las grandes ciudades asiáticas”, comenta el gerente de un burdel de lujo de Bangkok, la meca del turismo, sexual y lúdico, en el sudeste asiático. Pero no sólo sucede en países en vías de desarrollo. Singapur, una reluciente ciudad-estado de seis millones de habitantes, paradigma de la riqueza de la región, se ha visto sacudida en muchas ocasiones por escándalos protagonizados por adolescentes que se prostituían para obtener bienes de consumo.

 

A la prostitución se une el tráfico de drogas, una actividad castigada con la pena de muerte en todo el continente. A pesar de ello, al caer la noche, ciudades como Yakarta, capital de Indonesia y una de las urbes más inseguras del sudeste asiático, en la que conviven doce millones de personas, se convierten en un polvorín. Redadas de policías, muchos de ellos corruptos y armados hasta los dientes, sangrientos enfrentamientos entre bandas rivales, y delincuencia organizada se apoderan de las noches en las grandes aglomeraciones metropolitanas. Son lo más cercano al infierno en la Tierra.

 

Riqueza y desarrollo

Z. Aldama

Tokio, 28 millones de habitantes, el área urbana más poblada del planeta. Osaka, nueve millones. Seúl, once. Singapur, seis. No todas las megaciudades de Asia son ejemplo de desigualdades sociales. Las capitales de Japón y Corea del Sur son un buen ejemplo de ello. A pesar de la incidencia de la prostitución, en muchos casos de esclavitud sexual, y de la delincuencia organizada, conocida como ‘yakuza’ en el país nipón, estas dos ciudades marcan la pauta que al resto le gustaría seguir. Avenidas limpias y ordenadas, civismo y un cuidado entorno medioambiental son también la tónica en Singapur y Osaka.

 

Parece como si los monótonos pitidos de los semáforos marcasen el ritmo de las calles. Ritmo pausado en las zonas residenciales, y frenético en los centros financieros y comerciales. El canto de los pájaros de los suburbios de Tokio, formados en su mayoría por pequeñas viviendas de dos o tres plantas, contrasta de forma brutal con la atronadora música techno que mana de las tiendas de moda de los barrios de Shinjuku o Ginza. Lo mismo sucede con la arteria principal de Singapur, Orchard Road. Un río de dinero recorre los miles de establecimientos que la forman. Ostentosos centros comerciales que llegan, incluso, a utilizar la plata para sus pilares de la entrada.

 

La estela de Singapur es la que desea seguir la capital china, Pekín, con sus 13 millones de residentes trabajando sin descanso para mostrar al mundo lo mejor del país con motivo de los próximos juegos olímpicos, los de 2008. El proceso de convertir una ciudad enmarañada en una gran urbe moderna necesita de un esfuerzo titánico. Pero los chinos no se lo piensan dos veces. Las máquinas excavadoras pasan por encima de la historia para hacer una nueva. Los pequeños barrios antiguos, conocidos como ‘hutones’ caen ante el ataque de los bulldozers, hambrientos monstruos al servicio de la globalización. Sobre sus escombros, nacen rascacielos, estadios y gigantescos bloques de viviendas en los que, como dicen los mayores, “no hay baños comunitarios, ni lugares para jugar al ‘mahjong’ con los amigos”.

 

La altura proporciona un oasis de calma. Divisar estas monstruosas ciudades desde la Torre de Tokio, las Petronas de Kuala Lumpur, el ‘Jin Mao’ de Shanghai, o desde cualquiera de los rascacielos de Boat Quay en Singapur, otorga una sensación de calma y de poder difícil de conseguir en cualquier otro sitio. El lugar adecuado para disfrutar de la belleza del asfalto, del atractivo del caos, y del frenético ritmo del siglo XXI. Las alturas están dominadas por el silencio, el orden y la perspectiva, todo lo que falta en la superficie.

 

Las diez mayores aglomeraciones urbanas (2007/2015)

2007

Tokio: 26 millones.

México D.F.: 18,6 millones.

Nueva York: 18,2 millones.

Sao Paulo: 17,8 millones.

Mumbai: 17,4 millones.

Delhi: 14,1 millones.

Calcuta: 13,8 millones.

Buenos Aires: 13 millones.

Shanghai: 12,7 millones.

Yakarta: 12,2 millones.

2015

Tokio: 36,2 millones.

Mumbai: 22 millones.

Delhi: 20,9 millones.

Shanghai: 20,7 millones.

México D.F.: 20,6 millones.

Sao Paulo: 20,5 millones.

Nueva York: 19,7 millones.

Yakarta: 17,5 millones.

Dhaka: 17,3 millones.

Karachi: 16,1 millones.

Fuente: Organización de Naciones Unidas (no incluye algunos suburbios en ciertas ciudades por lo que puede diferir con las estadísticas oficiales utilizadas en el reportaje).

 

 

 

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